Me fui susurrando despacio

De Marco Guagnelli

Nací y crecí en la Ciudad de México. Como la mayoría de mi generación fui criado por una madre soltera. En casa éramos 4 hermanos, dos gatos y mi mamá, quien casi nunca estaba porque hacía doble turno en el trabajo. Mis hermanos y yo íbamos a una escuela privada, mi mamá gastaba casi todo su dinero en eso. Escuchó en un programa de radio sobre un colegio de “élite”, y comprendió que lo mejor que podía hacer era invertir su dinero en un colegio de calidad para sus hijos. Fue así como llegué a una escuela para gente de clase alta. En la escuela primaria mis compañeros del salón me invitaban a sus casas. Recuerdo un compañero que tenía una cascada de 3 metros en la sala; otro tenía sauna y piscina; otro más, tenía un pavo real y los sirvientes nos servían aperitivos en el jardín. Al terminar el día con mis amigos mi mamá pasaba a recogerme en taxi y regresábamos a casa. Vivíamos en un departamento de dos dormitorios, yo por lo general dormía en un sillón o en la cama con mi mamá y mi hermano pequeño. Desde niño me costaba trabajo naturalizar mi clase social, reconocía la ambigüedad entre el adentro y el afuera. A fin de cuentas, algo de la educación brillaba dentro de mí, sin realmente tener acceso a un mundo material exuberante.

Crecer en la Ciudad de México es una experiencia llena de contradicciones. La modernidad, como en la mayoría de los países del sur global, se traduce en un rápido crecimiento económico, la riqueza en manos de pocas personas, problemas sociales, ambientales, machismo, avaricia, narco y la ruptura de las tradiciones. En la escuela nos enseñan sobre “nuestras culturas indígenas”, mientras seguimos participando en el binarismo colonial; en la televisión promueven nuestras riquezas naturales, mientras, en favor del modelo económico, se vende, despoja y destruye el territorio. La cultura barroca, sabrosa, colorida, pachanguera, manchada por la violencia que habita en todos los aspectos de la vida. Ahí la vida y la muerte se dan la mano y hacen que de alguna manera el caos y lo sublime bailen una sinfonía eterna.

Migré a los Estados Unidos hace dos años y eso significó añadir una capa más de contradicciones al “nopal que llevo en la frente”[1]. Desplazamiento y desarraigo, dejar de responder a las normativas de mi territorio y de mi clase, me ayudan a reflexionar sobre mis propias certezas. Reconocer mi cuerpo sobre los paradigmas de mi primer hogar, encarna para mí un espacio donde se pueden construir y deconstruir narrativas identitarias. Desde el cuerpo desplazamos nuestras geografías, la lengua, la memoria y mientras… seguimos andando. Los “mexas” que viven en Chicago rebautizaron los barrios. Lo que antes fue de checos y polacos se puebla con vírgenes de Guadalupe, puestos de carnitas y murales de Emiliano Zapata. Los cuerpos inevitablemente van dejando a su paso un rastro, un testimonio de su existencia y con esta acción se redefinen.

El cuerpo (en un sentido Deluziano) es un concepto imaginario. Cómo una entidad unificada, el cuerpo organiza el mundo sin participar en él. Experimentamos el cuerpo a través de la experiencia de un lugar y de los otros cuerpos alrededor. La demanda frente a la lógica del desplazamiento de la memoria y la geografía es ¿cómo convertirse en cuerpo?  La historia que los cuerpos cargan es el objetivo de significar la construcción de nuestra propia identidad. Las bases sobre las cuales construí mis conexiones sociales y familiares fueron fragmentadas por la modernidad, atravesadas por la historicidad y el tiempo. Y este cuerpo imaginario acciona en un sentido performativo[2], habita el tiempo y lugar rodeado de lxs otrxs cuerpos. ¿Cómo ser traducido para pertenecer en un contexto que no es el mío?

Al decir que la modernidad me ha atravesado, me refiero al imperativo de modernización, el deseo de erradicar la distancia ideológica del Occidente metropolitano. La migración llegó a mi como una reacción a la desigualdad. Es mi respuesta, y la de muchas personas de Latinoamérica, al proceso de homogeneización ideológica como parte de la globalización. ¿Cómo se revela ese proceso en mi cuerpo? Quiero meter el paisaje dentro de mí, quiero comerme las bancas de los parques, absorber el lenguaje extranjero, succionar lxs cuerpxs a mi alrededor, quiero ser parte de este nuevo lugar, ser parte de lo extraño. ¿Puede el cuerpo contemporáneo resistir realmente, no solo el impacto de las fuerzas actuales, sino también las consecuencias de las fuerzas históricas, e incluso facilitar procesos comunicativos que podrían llevar a un medio de pensar comunitario nuevo o renovado?

La respuesta se relaciona a cómo debería ocurrir la comunicación a través del cuerpo y la relación del cuerpo con el contexto, el tiempo y, por lo tanto, con la historia. Si una estética anterior se preocupaba por la memoria profunda y la larga tradición, ¿cuál es la capacidad artística del cuerpo (reducido) contemporáneo para comprometerse con la historia? Para mí la piel guarda en si la metáfora de acuerpamiento última, es el manto que cubre nuestro interior, es la frontera de los órganos, del encierro de todo aquello que entendemos como adentro. La piel no solo es una barrera física, es un sitio donde se desarrollan interacciones entre el individuo y su entorno, es una institución política.  Ahí se suscriben ideologías. La ropa y todo aquello que colocamos encima de nuestra piel son extensiones y prostéticos, la segunda piel que nos ayuda a expresar lo que llevamos dentro, nuestra identidad y nos ayuda a relacionarnos con nuestro entorno. Al desplazar geografías, también se desplazan narrativas. Una migración epistémica del adentro al afuera, de la casa al extranjero, de la piel a la vestimenta.

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“¿Sabes qué? nos tenemos que ir de aquí porque me van a buscar y me van a matar.” 

                   “Tuve que huir de mi país porque era militar y homosexual.”

           “Mi papá era parte del narcotráfico, fue asesinado y me tuve que ir.”[3]

 No es una evocación sónica, sino la subjetividad que se encuentra detrás de la despedida o la huida. El cuerpo es de manera performativa un recipiente de narrativa personal y encarnaciones. Decidí construir un vestido cómo una exploración de la interacción dinámica entre lo corporal y la memoria, entre la performatividad y la encarnación, para considerar la profunda influencia que tiene mi vestimenta en la configuración de nuestra percepción de uno mismo y de los demás.

Un vestido de plástico transparente monumental cubre gran parte de la sala de representantes en la Manzana de las Luces en el centro de Buenos Aires. Mi segunda piel succiona la historia, y balbucea el colapso de la modernidad y la resignificación de mi cuerpo. Este personaje con rasgos exagerados muestra mi migración y la migración de los que me acompañan buscando una respuesta a los problemas desde la comunidad. Si mi cuerpo fue educado para significar (hombre, mexicano, heterosexual, clase media), mi respuesta es ser disidente con la conducta. Repito una y otra vez con mi vestido los discursos de lo que tengo que desaprender. También ilumino con mi vestido a mí mismo cuando niño, es una manera de honrarlo dentro de sus contradicciones. A ese si me lo comí, el tiempo me ayudó a digerirlo dentro de mis entrañas y lo estoy vomitando a fuerza de migrar.

Este performance tiene dos aspectos poéticos contenidos en el vestido. El vestido de plástico trabaja con la idea de que una prenda puede ser un lugar y una escultura. Como lugar lo entendí como un espacio que absorbe y que contiene, como si fuera un repositorio de memoria: un hogar. Pero el plástico es asfixiante, no puedo vivir en la memoria, no puedo respirar. En este performance respirar es ser visto, es acuerpar la memoria, lo reconocido y llevar a la retina y a los sentidos lxs otrxs cuerpxs que están alrededor. Otra cualidad es su transparencia y opacidad, los espectadores pueden distinguir que debajo del vestido hay un cuerpo desnudo moviéndose. En esencia somos cuerpos desnudos vagando dentro de ropas que interactúan unas con otras, esas fronteras físicas e ideológicas que cruzamos diario para comunicarnos, cómo las fronteras que tenemos que cruzar para migrar.

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“Una amiga nos pagó el viaje a Tijuana. En cuanto llegué con mis hijas no supimos más de ella, nos tocó dormir en la calle. Una persona nos ofreció ayuda y nos fuimos con él. Y entonces, por lo que venía huyendo de Honduras, me volvió a pasar acá.”

Dentro del vestido se reproducen audio testimonios de personas en contexto de movilidad con las que trabajé en Tijuana. Venimos de México, Guatemala, Honduras, Haití y Venezuela y hablábamos de las razones por las cuales migramos y sus consecuencias. La migración es una tecnología que deviene de una modernización de procesos coloniales, centrados en la explotación de grupos mestizos e indígenas empobrecidos. Es una herramienta operativa de la política neocolonial de explotación de individuos racializados y socialmente clasificados como pobres, como campesinos, trabajadores informales, personas cuir, mujeres y niños. Cuando se escuchan sus voces debajo del vestido recuerdo las causas de la migración, la gente viene a reclamar lo que es suyo, lo que les fue quitado, es una lucha por la dignidad y rebelión ante la opresión. Este performance es un homenaje a todas las personas que nos movilizamos cargando la memoria en nuestras espaldas, en un afán de preservarla y darle dignidad.


[1] Cuando se dice que alguien "lleva el nopal en la frente", se está haciendo referencia a que esa persona muestra claramente su identidad mexicana o sus características propias de ser mexicano.

[2] Pienso la performatividad en los términos mencionados por Judith Butler, donde argumenta que el género (así como cualquier otra forma de identidad) no se basa en categorías preexistentes (como las biológicas u ontológicas), sino que se forma a través de la repetición continua de actos discursivos desarrollados dentro de un contexto social y cultural.

[3] Estas frases fueron recopiladas en un taller artístico como parte del montaje de la “Tempestad” de Shakespeare, una obra de teatro realizada con población en contexto de movilidad en Tijuana, Baja California, México (2022).